La carroza negra es uno de los carruajes más antiguos que se conservan. Corresponde a la tipología francesa de «grand carrosse», surgida a mediados del siglo XVII en la corte de Luis XIV. Se trata de coches de caballos reservados a la realeza, por su gran riqueza decorativa y las comodidades que presentan con respecto a los vehículos anteriores.
Estas carrozas ofrecen como novedad una caja totalmente cerrada, con ventanas acristaladas y una lanza de cuello de cisne, que permite que el vehículo gire en ángulo recto, moviéndose así más fácilmente. La suspensión de la caja se hace mediante unos correones de cuero, denominados sopandas, que suavizan las vibraciones y traqueteo al que se someten los ocupantes de la carroza. Una restauración realizada entre 1877 y 1879 alteró algunos de estos elementos estructurales, como el cuello de cisne, aunque es posible verificar su estado previo a través de fotografías de Jean Laurent anteriores a esas fechas.
Durante el último tercio del siglo XVII, los muebles realizados con madera de ébano fueron muy apreciados y, por ello, la madera de nogal con la que se realizó la carroza fue teñida de negro, para imitar precisamente aquel material exótico tan valorado. Presenta una delicada talla de elementos vegetales, máscaras y angelotes, muy del gusto barroco, y divinidades de la mitología clásica, junto con símbolos de las cuatro partes del mundo entonces conocido, un programa iconográfico propio de una pieza destinada a un uso áulico.
Según los inventarios, esta carroza perteneció a la segunda esposa de Felipe IV, la reina Mariana de Austria (1634-1696), que fue regente de España durante la minoría de edad de su hijo Carlos II. Tal vez fue un regalo de algún familiar de la reina y provendría, dada la altísima calidad de la talla, de Francia, Austria o Flandes (Bélgica).
Texto: Isabel M. Rodríguez Marco